Érase una vez una historia protagonizada por dos humildes personas.
Lo de humildes se lo decían todos quienes les conocían, basaban su vida en hacer feliz al otro. El egoísmo y la envidia no formaban parte de sus diccionarios. Lo cierto es que hacían la pareja perfecta y lo mejor es que no se proponían serlo, sencillamente lo eran.
Cuando veían esas típicas películas románticas su primera reacción no era la de la ternura, sino la de la risa porque en realidad les daba la risa, nada tenían que envidiarles esas parejas de película a ellos. Quizá no se habían besado en frente de la Torre Eifel, ni habían bailado bajo la lluvia, pero si habían pasado los mejores momentos de su vida al lado de la persona a la que más amaban.
Esos paseos por la playa, esos paisajes plasmados en unos recuerdos imborrables, esos ramos de rosas, esas sonrisas con ilusión, esos abrazos interminables, esos cubos de palomitas que tan pronto de acababan, esos mimos que tanto les gustaban, esas miradas directas al corazón, esos pensamientos de 'decían que demasiado bueno ser para ser cierto' pero en esta ocasión no tenían razón y eran ciertos, esos motivos para levantarse con una sonrisa más grande cada día.
Y el tiempo pasó, y las adversidades no llegaron, sencillamente porque cuando tienes a la persona que más quieres a tu lado nada son adversidades sino retos que poder superar.
Érase una vez una historia protagonizada por dos personas, por ti y por mí, cuando quieras la empezamos.