Hace mucho tiempo leí un libro, 'El Ladrón Mago' se titulaba. Me marcó por varios motivos, pero siendo franco; no me acuerdo ni de la trama principal.
Recuerdo que el libro narraba la historia de un joven ladronzuelo de poca monta que fue a parar al bolsillo equivocado; ni más ni menos que el de un mago. A su pesar, el joven termina siendo aprendiz de dicho mago.
A diferencia de Harry Potter, no son las varitas lo que les dan la fuerza a los magos, sino piedras; piedras mágicas que les proveían de sus poderes especiales.
El aprendiz no hacía más que preguntarle al mago cómo sabría identificar su piedra el día que se plantase delante suyo. Por su cabeza corría disparatado el miedo de no saber identificarla y perderla para siempre.
No recuerdo exactamente cómo terminaron allí, pero una de las últimas escenas del libro se desarrollaba en una casa enorme, puede que fuera una mansión, pero ni me acuerdo.
Tenían que hacer algo allí, varios, me parece que robar algo, y llegado un momento, el joven aprendiz quedó absorto, no atendía a razones porque notaba en su interior que al otro lado de tan imponente mansión le llamaba con fuerza.
Desprovisto de discreción alguna, cruzó toda la cada en busca de tan extraña sensación.
Cuando llegó, guiado siempre por dicha sensación que de lo más profundo de sí salía, encontró la esmeralda más grande que había visto en su vida. Para ser realistas, no había visto muchas, pero eso no quitaba que fuera de las más grandes que existía.
Ahí tenía su piedra.
Sería injusto compararte con un pedrusco por muy especial o importante fuera, pero eres el pedrusco más bonito que he visto en mi vida.
En el libro, una vez encontrabas una piedra, no te separarías de ella nunca, y tras pensarlo en un par de ocasiones, no me importaría tenerte a mi lado el resto de mis días.
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